¡Escayola fuera! Fractura de la meseta tibial VII

Proyecto

Las dos semanas siguientes fueron bastante mejor en cuanto a calidad de vida. Como ya no tenía la super-escayola, ya podía moverme al baño sin que mi madre tuviera que arrastrarme la pierna (Lo hacíamos subiendo la pierna a una alfombra y mi madre tiraba de la alfombra mientras yo me movía :P).

Lo que más me sorprendió era el nivel de atrofia de mi pierna. Los primeros días de no llevar escayola, el simple peso de mi patica al intentar que no arrastrara, hacía que el músculo del muslo me doliera infinito. Me daba la impresión de que la pierna se me iba a despegar bajo un dolor horrible. Lo bueno es que como a los cuatro días eso ya no me pasaba.

El médico me amenazó con que tenía que doblar la pierna, porque sino, se me quedaría tiesa para siempre. Me sonó a amenaza de niño: “Tendrás una radiografía preciosa pero una pierna tiesa”. Ahí lo llevo.

Entonces los siguiente días me pasé intentando doblar mi rodilla, un poco asustada porque no sabía cómo tenía que hacerlo. Es decir ¿me tiene que doler? ¿cuánto? ¿no puedo apoyar nada? ¿puedo forzar? Miles de preguntas, que yo no tenía ni idea de resolver. Gracias a internet aprendí lo que eran los ejercicios isométricos y esas cosas… en fin, yo hacía lo que podía.

Otra de las cosas que me dijeron es que tenía que curar la herida cada tres días para que me fueran quitando las grapas. Escalofríos recorrían mi cuerpo al escuchar eso. ¿Me tienen que tocar la cicatriz? ¿Destaparme la pierna? PFFFFF Por suerte, mi enfermero era un encanto. Juraría que me quitaba las grapas con amor y todo. Todo hay que decirlo, me curaba con mucho cuidado, porque la verdad es que la angustia de ver todo eso era impresionante. Y ya de tocarme ni lo cuento. Me animaba con que mi cicatriz estaba muy bien y que casi no se me iba a notar.

El primer día, al salir comenté lo que me había gustado cómo me trataba. Al segundo día, mi querida madre suelta una perla, delante del chaval: “Mira hija, si está el enfermero que a te gusta” Y se queda tan ancha. Y ojo, que yo tengo 29 añazos. Imaginaos nuestras caras. Un poema. Los siguientes días continuaron sin tensión. Quién sabe, igual le alegré el día.